lunes, 8 de febrero de 2010

Lo que uno paga por un poco de frío, con tanto calor gratis.

La fetidez del calor fue el reproche que me hizo la ciudad por haber llegado tarde con el perfume de los aires de otra ciudad. La indiferencia de las calles de Buenos Aires un domingo a la noche es un síntoma frecuente. Pero esta vez era un claro y personalísimo mensaje a mi persona, un gesto que hacía de válvula a sus celos.

Caminé unas pocas cuadras desde San Nicolás hasta Retiro en fingida penitencia. Me gustaba saber, admito, que mi ciudad me celaba tierna y espamentosamente. Aunque en secreto.

Buenos Aires no se casa con nadie. Menos conmigo.

Yo tengo un amor. Una mujer. Como dicen que debe ser, una persona con otra persona. Sólo para disimular la locura de alguien que pretenda estar perdidamente enamorado de un conjunto de millones de almas que patinan entre surtidas baldosas.

Esa caminata breve y penitente era la expiación de mi pecado. Iba recorriendo con mis ojos su figura. Olvidándome de mi barato desliz, que esperaba repetir varias veces más.

Cansado, agotado absolutamente me recosté. Ella ya me había perdonado y me mimó con un milagroso callar de la avenida Córdoba y una brisa que entraba por la ventana del sexto piso que me abrigó con un frío exacto para sacarme a pasear en sueños por fuera de un odioso verano.

Incansable como amante, sus caricias duraron toda la noche y continuaron al amanecer.

Como un sofisticado veneno su perfume había mutado en el transcurso de la noche. El abrazo a la mañana era aún más tóxico. Eran de esos momentos donde yo me dejaba querer perversamente por ella. Digo perversamente porque me sabía vulnerable por estar todavía dormido y mi Ciudad aplicó toda su fuerza en las sogas con las que sometía mis sentimientos.

Una sinfonía de instantes eternos cada vez que inspiraba. Sostenía el aire en mi pecho como adicto que de su dosis pretende escurrir una gota más.

La hora llega y la fachada cae. Es hora de vestirnos y seguir cada uno con sus vidas.

De mal gusto fueron mis estornudos que derrocaban todo el idilio.

Ya vestido caminando hacia el trabajo, el indiferente esta vez fui yo. Reconocí en la esquina de una parrilla, el lamparón seco de una jugosa bolsa de basura. Un estiletazo pútrido que no llegué a tomar como un desprecio.

Porque al dar la vuelta en Pellegrini, un obelisco erguido entre mis colegas hormigas que trotan el cuerpo histórico de mi amante, enrulaba un poco el beso del hasta luego. Beso que era un fresco vientito del sur, con algo del río, con algo de amor, de amor de esos que no se pueden confesar muy seguido los que como yo, se tropiezan con su propia porteñez.

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