miércoles, 9 de diciembre de 2009

Composición. Tema: La Oreiro

Uno de los procesos más maravillosos por los que pasamos en nuestra vida es la lactancia.

Corriendo un altísimo riesgo de sonar como Pancho Ibañez o Natalia Oreiro, lo que me pica en la cabeza no exactamente destacar las bondades de la leche.

Pero si de asombrarme estúpidamente con todo aquello tan, se me ocurre surrealista, aunque no se si es la palabra, del proceso por el cual somos organismos altamente complejos que han sido capaces de endiosar una sustancia y conferirle múltiples valores, significados, connotaciones, en todas las culturas, rincones, almacenes, quinchos… Estoy desvariando…

El tema es simple (no hace falta contar que recurro a estas palabras cuando sufro de un aburrimiento de la gravedad de Sandro) si se ponen a pensar… el hecho de que nos prendan a una teta ni bien nacemos y de ahí chupamos leche, como único alimento… es por lo menos de ciencia ficción, y si de algo se en la vida es de ciencia ficción.

Cualquier hijo de remil puta, más aburrido que yo que se digne a contestarme me dira:
“Bueno la lactancia es un proceso, que entre otros factores ocurre o deviene como una de las características de la raza humana, de su condición de mamíferos. El mamífero se desarrolla enteramente dentro del útero de la madre. El pecho resulta la perfecta transición entre el paso de nutrientes vía umbilical, a la vía oral…”

CASHATE LA RECALCADA CONCHA DE TU MADRE.

Esa sería mi respuesta a alguien (que en este caso soy yo…) si me contestara algo de esa naturaleza.

Por supuesto que no ignoro los vericuetos racionales y psientíficos… (vericueto tenía ganas de escribirla y la otra palabra la inventé)

El tema es que aún mucho después de poder desarrollarnos a un nivel donde no necesitaríamos nunca más tomar leche, seguimos haciéndolo. Pero antes de volver a autoputearme por mis argumentos comedidos y justificadísimos, ese no sigue siendo el tema.

La leche es un alimento fantástico. No por sus nutrientes, valores proteícos, etc. Es esa sustancia blanquecina, radiante cuando fresca… Pero que representa fundamentalmente esa irresistible tentación de vivir aferrado a un otro.

Si… Eso es… La leche es la representación sustancial del sueño que llevamos dentro todos de ordeñar la vida. De mantenerse como novillo, como bebé, como ente indefenso que solo puede sobrevivir colgado de glándulas mamarias externas a nuestro cuerpo, aunque no siempre ajenas.

Pero esa indefensión no es permanente, llega un momento donde el tiempo, macabro como siempre nos entrega dientes (irónicamente desarrollados por el aporte de calcio de esa leche exprimida tiernamente) esos dientes lastiman y revelan que poco queda de inocente ante la mirada de nuestra teta proveedora (si, creo firmemente que los pechos de las mujeres tienen ojos). Esa teta nos mira con bronca y dolor por la mordida. Con su piel como el magma, con sus nervios eléctricos de irritación. La teta sabe, tu madre también, pero niega… es su primera de muchas negaciones que le serán hijas del hijo.

Luego de los dientes, la motricidad mejorada que nos da ese reflejo de agarrar el seno y escurrirlo, como si no tratárase de tejido vivo. Más bien de una bolsa de agua, de esas raciones de emergencias que ya vacía, luego de 7 días de desierto apretamos con la angustia de perder la vida tan horriblemente.

Esa es la otra señal de que lo nuestro ya no es una cuestión de nutrición.
Es el instinto del hombre uno un poco menos básico que el de alimentarse. Es el que nos compele al ansia de vivir de otro. De aprovechar esas situaciones donde los recursos llegan imparablemente, sin que eso signifique que tengamos que trabajar demasiado (o siquiera trabajar) para conseguirlos.

Esos momentos donde un ingenuo, recién nacido empresario, nos abre la camisola de su número de cuenta y nos muestra su frondoso pecho bancario.

Y nos aferramos y tomamos, chupamos, mordemos y ordeñamos todo lo que podemos.
Inevitablemente llegará ese día en el que la teta chilla. La madre mira y realiza que ya es tiempo de que mastiquemos nuestra comida.

El tracto digestivo sacude al ritmo que nos hace transpirar. La rueda se pone en marcha.

Pero en el alma, siempre niña eterna, nada nos roba ese gusto por ordeñar.




(Neutral Milk Hotel: In The Aeroplane Over the Sea)

PD: iba a ir por el lado de que ordeñamos vacas y ordeñamos situaciones y nos aprovechamos de la gente que da esperando que se le de algo a cambio y de cuanto se parece todo eso al amor no? Nah… pero hubiera engañado a un par de tontuelos. También por ahí me falto poner algo de que la vía láctea por algo es láctea… eh? No? Es groso… No, no realmente. Creo que asi esta bien.

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