Borgia
Se forjaba entre metales de un caldero, una sentencia de muerte.
Mi sentencia. Agitada en los vaivenes por el remanente tallado de un roble muerto.
Maridaba la tinta con esas carnes que para disimular una leve podredumbre, las manos gordas de Giorgetta, incrustaban contra pimientos, laureles y cebollas.
La pluma descansaba, pero no mis palabras. Pues cada letra, finalmente escrita era hermosa por certera, pero letal por la misma razón.
Al mismo tiempo esos jugos, esas manos malolientes, mis manos, mi mano escritora, la pluma y la tinta, simultáneamente entretejían mi muerte.
El caldero, que se me antojó forja, era redondo y se iluminaba pobremente sobre unas brasas. La redondez y las luces eran como las de un circo. No se me pudo antojar una comparación mejor. En ése circo sería devorado por un león con forma de estricnina.
Sin sangre, sin dentelladas. Pero con la misma pena y el mismo final. Mi verdad así lo prometía. Y cumplía implacablemente en el guisado.
El cordero destrozado chapoteaba entre nabos y ajos machacados. Se alojaban también perlas verdes que eran los guisantes devorados por el vapor. Y las intenciones de quien cocinaba esa última cena, no eran malas… no eran intenciones después de todo, eran simplemente órdenes del príncipe, de quien yo era flamante y en breve difunto enemigo.
Los tañidos cortos y agudos de una campanilla me convocaron. Otros más graves convocarían a mi sobrio y riguroso entierro.
La familia anfitriona concurrió sin más apetito que el de presenciar una venganza, que a su gusto era justa.
Yo perderé la vida. Los Borgia un enemigo.
El deformador de rostros
Tu disfraz llamativo, radiante y amarillo, parece un impermeable que te protege de todo mal. Tu alma se llueve en cualquier boca y en la mía en este instante hace llover mi saliva al mismo compás.
Al entrar entre mis dientes se nota en el gesto escandaloso e incontrolable, lo corrosivo y agrio en tu carácter.
Aún así tu perfume es codiciado y condiciona a muchos “se movientes”, “homínidos”, “bolsas de agua” que impunemente te rapiñan.
Perversamente tu madre presencia ese rapto en silencio y sin más espamento que agitarse un poco. Es quizás demasiado inferirle sensaciones al árbol, que a más jardines que ninguno es invitado.
¿Pero quién sabe todas las cosas que se esconden en el silencio de la savia?
Comerte es un divertido sacrificio, irresistible hasta para muchos niños. Morderte es una proeza simple. Es hincar una piel llena de arrugas. Es dejar salir tu sangre tan furiosa que es capaz de cocinar tejidos y tu sal que es poco más que un veneno.
Por esas cosas, muchas veces pienso que hasta las dulzuras que imitan tu sabor, son uno más de los insultos que te son arrojados por los hombres.
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