Enojado con todos, enojado consigo mismo. Nada podía salirle bien.
Encerrado en una isla, una isla superpoblada, y por si fuera poco, en Hokkaido, la isla dentro de la isla.
Su carrera artística en el suelo, su salario por el suelo. Pensaba en sus padres, en su familia, y en un montón de cosas más que sólo lo hacían sentirse peor... Y por ello eran espasmódica y automáticamente descartadas.
Era hora de romper. Un poco de sake, lo haría sentir mejor. Pero no tanto.
Había que hacer algo espectacular. Necesitaba un milagro. Un héroe interior.
Quizás era el momento de colgar los miedos y probar de lo que nunca quiso, usar las telas y colores que siempre prejuzgó, en su sentido definido muy borrosamente entre lo ético y lo estético.
Por eso acepto el gotero con LSD que le ofreció Irumi a la semana de empezar a trabajar con él.
A Irumi la pensó en un principio como salvación. El amor sería el verano que lo excusaría a el de sacarse de encima su invierno.
Pero sin que el pudiera darse cuenta que, en esencia, el afecto no dejaría de ser antes que un verano, una excusa.
Fue por eso que fue para ella inusualmente simpático, y le habló de sus pinturas, sus vidas pasadas y sus karmas presentes.
La respuesta de Irumi fue ofrecerle distintos tipos de pasajes de ida. Poco de lo prohibido se alejaba de ella.
A Hiroshi le inspiraba un respeto que en realidad era asco. Aunque su soledad le impedía cultivarle rechazo a una persona como ella, encerrada en una torre de marfil sucia, peligrosa, efímera y frágil.
Pasó mucho ese sábado. En el cual entre ternuras y estrategias decidió pedirle drogas.
Sincero y fortalecido en su desnudez, recibió de Irumi un entusiasmo eléctrico. Como si ganar un adepto, más que compañía significara justificación... De aquellas cosas que hacemos sin nuestro consentimiento.
Cómplices y uniformados, entre bandejas, charolas, y cocineros, discretamente ella le dio el gotero.
Se miraron buena parte de la noche, mientras hacían su trabajo de servir a sirvientes que pagaban para ser servidos.
Hiroshi quiso entender por algunos instantes que esas miradas eran una promesa sexual de parte de Irumi. Pero en realidad, su entendimiento era esa noche más bien la plegaria de una soledad pasada de hormonas.
Mucho faltaba para el desenlace.
Entonces fue que Hiroshi apagó el cigarrillo. Volvió de sus 15 minutos, y entró por la puerta de servicio. Sereno, suave, en su piel y apariencia, trasladaba su entidad por un pasillo, mientras en su interior, Dios metía la mano.
Sacó el frasco de ácido, cortesía de un alma mendiga de pocos (19) años, pero de mucha anfetamina, metaanfetamina, cocaína y valium.
Y lo vació en la primera porcelana llena de sake que encontró en una bandeja.
Sin intención, sin pensamiento, sin absolutamente más proceso que el necesario para darle la orden a sus músculos. Como si se quisiera guardar a sí mismo de su propio secreto.
Así se fue, y nunca más lo vieron, ni se supo nada de él. Nadie sabe que pasó con Hiroshi, ni siquiera Hiroshi mismo.
Los cataclismos, las pesadas bromas divinas, suelen pasar desapercibidas dejando solo huellas improbables que martirizan a mentes caprichosas y paranoicas.
Esta foto es quizás una de las pisadas celestiales de aquella noche perdida, en alguna bacanal austera, en Hokkaido, Japón.
como siempre... sos IN CRE I BLE!!!
ResponderEliminarsegui escribiendo estas locas historias...
Te quiero mucho
Luz®