-------------Mónica
Jaime--------------
Si bien todo en el mundo físicamente es capaz de conectarse, intersecarse, o al menos colisionar. Las personas no. Los seres humanos podemos deambular por nuestras comunidades, podemos resistir en desiertos, podemos tener pertenencias en común y muchas cosas más, que mediática y convenientemente nos unen. Una isla de mentira fortificada, que una gran armada de inseguros defiende contra la fuerza torpe y contundente de la continental verdad, que es la aceptación de nuestra absoluta soledad.
Por eso Mónica y Jaime se ignoraron. Como debía ser.
Frente a la vidriera de una juguetería, parado en la estrecha vereda de Centenera, a 4 metros de la esquina con Rosario. Jaime reparó en la silente expresión de un chico que no tendría más de 8 años.
Un chico que casi rozaba la fresca falda de su madre con sus nudillos, de tan al lado de ella que estaba. Madre que echaba una aguilesca mirada a esa vidriera, llena de mochilas y útiles escolares.
“Es febrero”… Fue lo primero que retumbó Jaime en su adentro. Pudo entender entonces aquel rictus del pibe.
Estiró una sonrisa imperceptible al mundo que lo ignoraba. Se apiadó de ese pichón victima de un juguetero gavilán que ya quiere vender la vuelta a clases.
Pensó en la justa vendetta para el nene. Que tal si en los paradores de las playas, en febrero empezaran a vender trajes, maletines, pantalones de gabardina, chombas feas con nombres que quieren traerte a la mente algún paraje desconocido del Reino Unido. Concebidas claro está en un oscuro tinglado por desangelados que no saben de reinos y uniones.
Tiremosle en la cara al burguesito de arena incrustada en el culo una fría irónica palmadita en la espalda, para que huela a mierda su calendario, que marca el fin de su momentito de glamour playero segmentado. Que le dice descarado que tiene que volver a la yuga, a lo indistinguible de su paso por la humanidad.
Aún cuando se concrete tal crimen masivo, aquel niño no será vengado. Porque no vender útiles escolares en febrero, es perder dinero para mucha gente. Y a lo sumo esa movida terrorista costera, representaría un dolor, no más grande que el dolor de perder dinero. Y ese es el metal que más duele a muchos.
“Es inútil”, descarto en una feta de segundo.
Antes de que su talón se despegara de la última baldosa sucia de la juguetería, apareció Mónica en su trayectoria.
Mónica no piensa. Mónica escucha. Mónica es una autómata de corcheas, negras, semitonos, acordes, ritmos, melodías, letras.
El vibrar del aire es su combustible mental, y por esas sogas que se anclan en sus orejas, es que ella decide y transita.
Mónica es un Jesucristo que camina sobre el agua de las cosas, apenas humedece sus plantas, pero jamás empaparía su piel en ellas.
No por incapaz, quizás por distante. Quizás por miedo, quizás por ignorancia.
Quizás porque ninguna canción le dijo que así lo hiciese. Porque así es Mónica, ella es lo que escucha, en el más cruel y absoluto sentido de esta frase.
Si es pop, ella es pop, y aunque latigues un alma contra su espalda, no hay dolor que la gire de su centro musical. El ritmo es pop, y así sentirse sucio está bien, y por eso Mónica esta bien.
Pero su sentir, es frágil como el dial de una radio, que lejana a toda estación, rasguña las sintonías que se le escapan en vientos magnéticos.
Y así es que camaleónicamente se enjuga lágrimas en un blues.
Aunque un track después revolee una remera, cantando a voz en culo una denuncia que ni siquiera en el más delirante de los concebidos mundos, le era propia. Pero que ahora es una astilla en su hipotálamo.
Mónica asciende, se ilumina, se electrifica, se quema, agoniza, cae en cenizas y se vuelve a proyectar en fuego sulfuroso. Ave Fénix en repeat y en random.
La música para ella es meteoro, es fenómeno que es su carne. Es cañita voladora, que se aprecia con el más ciego de los sentidos solamente, y es antes que nada el timón de su ser. Que jamás la llevó a ningún lado, porque el sonido es así. Es onda, es ola, va y viene. Y pararse en una canción, es sentar pilares en la nada. Es ser boya en el éter. Y eso es Mónica.
Jaime y Mónica. Mónica y Jaime, se aproximan, se acercan, sus desplazamientos de aire se chocan.
Sus cuerpos jamás siquiera estuvieron cerca de rozarse, sus miradas jamás cerca de conectarse. Apenas unos chotos segundos compartidos uno en el campo visual del otro. Pero periféricamente, extras de un frame que no podría justificar su existencia.
Dos desconocidos, aun lo son. Y lo serán.
Hay cosas de un paralelismo contundente, absoluto, inmodificable en este universo.
No podría decir que es más macabro de la vida, si entender esto, o creer que de alguna forma, todo está conectado.
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